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El Debate de la Pena Capital

Por Ulli Diemer

El 11 de diciembre de 1962 se llevó a cabo la última ejecución, aquí en medio de nuestro vecindario* en la Prisión Don, cuando los asesinos Lucas y Turpin fueron colgados espalda con espalda.

Diez años antes, en diciembre de 1952 la Prisión Don tuvo otra doble ejecución cuando Jackson y Suchan fueron a la horca a media noche, mientras afuera, esperando noticias de la muerte de los asesinos, una multitud borracha se arremolinaba, celebrando y proveyendo pruebas vivientes del efecto efervescente que la pena de muerte tiene en la sociedad.

La toma deliberada de la vida de un ser humano legalmente sancionada es un potente tótem emocional, un acto a través del cual nosotros participamos de manera simbólica del prohibido acto de matar. No es de sorprender entonces que el "debate" sobre la pena capital es tan emocional, tan categórico, tan falto de análisis, entre si la pena capital realmente tiene un sentido práctico.

La última ronda de demandas para la restauración del ahorcamiento ilustra vívidamente la emoción ciega que el tema provoca. Las demandas son aceleradas por los asesinatos recientes de policías; supuestamente, la pena de muerte sería una respuesta.

Veamos a la naturaleza de esos asesinatos. Un adolescente sin registro criminal o de violencia, embiste una patrulla sin motivo, mata al policía y luego se suicida. Un joven le dice a su novia que va a matar alguien, sale y le dispara al primer policía disponible, luego torna el arma hacia él mismo. Un hombre atrae a un agente de la policía a su casa con un pretexto, lo mata y después se mata solo. Un hombre que ha jurado a su amigo que nunca permitirá que lo arresten le dispara a un civil y a un policía antes de ser asesinado en un tiroteo en el cual otro policía también pierde la vida.

¿Cómo puede la pena capital se usada para castigar a aquellos que ya están muertos? ¿Cómo puede detener que está listo para morir? ¿Qué posible relevancia tiene la pena capital en cualquiera de estas tragedias?

Ninguna. Es nada más un disparador emocional para aquellos que creen que la abolición de la pena capital representa una parte del caos social que podría ser revertido si se trajera de vuelta. Se han hecho diversos estudios de la relación entre la pena capital y la incidencia de asesinatos. La conclusión universal ha sido que no hay relación alguna.

En Estados Unidos, se encontró que en los estados sin pena capital ha bajado ligeramente la tasa de homicidios en relación a aquellos con ella. En Canadá, a pesar de los recientes incidentes de los policías muertos, de ninguna manera, los asesinatos de policías han incrementado desde que la pena capital por matar policías fue abolida.

De hecho, la mayor cantidad de policías asesinados en Canadá en un año - 11 - fue en 1962, cuando la pena de muerte fue eliminada. El año siguiente, con la ley abolida, ningún policía fue matado. Difícilmente es un indicador que Canadá está lleno de asesinos de policías potenciales, puestos en jaque únicamente por la pena de muerte.

Y el sentido común nos sugiere que cualquier persona es lo suficiente mentalmente estable como para ser desmotivada por cualquiera de las opciones, es tan motivo de reconsideración la posibilidad de pasar 25 años en prisión como la posibilidad de la muerte. Ninguna amenaza hará desistir al criminal que está convencido que de ninguna manera lo atraparán.

La sentencia de prisión es no sólo un preventivo efectivo, si no que también ofrece una importante ventaja sobre la pena capital: es posible hacer correcciones por un error. Hemos tenido en Canadá tres casos bien publicitados recientemente de prisioneros cumpliendo largas condenas de prisión por crímenes que no cometieron.

¿Qué restitución se podría dar a Donald Marshall, por ejemplo, si hubiera sido colgado por el homicidio del que otro hombre confesó después de que Marshall cumpliera con 11 años en la cárcel?


II

La pena de muerte, fuera de apasionamientos, no es un preventivo. País tras país, se ha encontrado que la existencia, abolición o reintroducción de la pena capital no tiene un efecto discernible en la proporción de asesinatos.

Lo qué sí tiene un efecto discernible en las tasas de asesinatos, en otros crímenes violentos y en los niveles criminales en general son varios factores sociales. Cada incremento porcentual del desempleo, por ejemplo, es acompañado por el correspondiente incremento de enfermedades mentales, suicidios y crímenes, tales como golpear a las esposas, abuso de niños, robos - y homicidios. Esto no quiere decir que ser desempleado o pobre causa directamente volverse criminal - la mayoría de los desempleados no son más propensos a cometer crímenes que sus contrapartes empleados. Pero hay que decir que estar sin empleo con poca esperanza de conseguir un trabajo pone en serios aprietos a la gente. Si son jóvenes, hombres y dados a andar en la calle - ¿qué otra cosa se puede hacer? - que la presión bien puede estar complementada con el acoso de la policía, quienes a veces parecen determinados a volver a esos jóvenes en su contra. La mayoría lidia con las dificultades de la pobreza y el desempleo en formas que no llaman la atención de los policías. Pero, inevitablemente, otros no. E inevitablemente, como se incrementa el número de pobres y desempleados, así se incrementa la población de las cárceles. La sociedad no puede pagar las pequeñas cantidades necesarias para ayudar a la gente a volverse decentemente autosuficiente, pero puede pagar las mucho más grandes cantidades de dinero necesarias para mantener la gente en prisión. Canadá sobresale entre los países Occidentales por mantener a su población en la cárcel a pesar de la baja tasa criminal.
Aquellos que acaban en prisión por un periodo de tiempo se les da todo el apoyo en su elección del camino del crimen por las condiciones de la prisión, las cuales están designadas para humillar y frustrar más que rehabilitar. Aún así, hay quienes demandan que las prisiones deben ser más severas de lo que son en el presente. Su convicción es que las penitenciarías no son lo suficientemente duras, no son lo suficientemente brutales, no hacen lo suficiente para degradar a los internos. Están prescribiendo cárceles que serían más eficientes para producir criminales resentidos y amargados.

El resto de nosotros, a menos que estemos preparados para ejecutar o encarcelar de por vida a todas las personas convictas de cualquier crimen, deberíamos cuestionar la sabiduría del rumbo de estas acciones.

¿A quiénes queremos liberar eventualmente de nuevo en las calles? ¿A un hombre que durante el tiempo en prisión fue tratado justa y humanamente y que se le dio la oportunidad de tener un nuevo comienzo? ¿O a un hombre que salió amargado y molesto, buscando venganza por la forma en que fue tratado, convencido por su experiencia en prisión que toda la sociedad, incluyendo el Estado que lo puso tras las rejas, opera con base en la brutalidad, venganza e hipocresía?

Como lo saben los padres, enseñamos mucho más por las cosas que hacemos que por las que decimos. No importa cuan bien queramos justificar las condiciones brutales en la cárcel o la pena capital, el mensaje que damos es simple: la violencia y la fuerza son una forma normal y legítima de lidiar con los problemas. La violencia resuelve problemas. Aún el Estado, con todo su poder y recursos, escoge usar la violencia para mantener a la gente dentro del marco de la ley.

Podemos estar seguros que inevitablemente este será el mensaje que se generará. De hecho, en Estados Unidos, un estudio encontró que la publicidad dada a los crímenes de gente a punto de ser ejecutada ha generado cuatro imitadores que cometieron crímenes similares.

Especialmente los crímenes de algunos homicidas casi van más allá de la compresión humana. Es difícil creer que un ser humano pueda bajar al nivel que algunos lo han hecho. Pero al menos, el resto de nosotros los podemos alejar como simples aberraciones. Son removidos tan lejos de nosotros que un poco del horror se ha eliminado.

Qué es más horroroso, en un sentido, es la imagen de una sociedad manchada de sangre organizada para matar. Decidiendo que matar personas es una forma de resolver problemas y organizando la maquinaria para hacerlo. Pagando a jueces y jurados, carpinteros y electricistas, doctores y sacerdotes y verdugos, todos para formar parte en el planeado y deliberado hecho de tomar una vida humana. Pagándoles por su participación. Todo en un día de trabajo. Este tipo de asesinatos a sangre fría es lo más horroroso de todos. Especialmente cuando hay alternativas y rehusamos usarlas.


* "Nuestro vecindario" se refiere a un área del centro de Toronto, cerca del Río Don.

 

Originalmente publicado en Seven News.
Aussi disponible en français>: La Peine Capitale.
Also available in English: The Capital Punishment Debate.

Also available in Chinese.





Ulli Diemer
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